De críticos y admiradores

El ícono revolucionario del siglo XX, que encandiló durante décadas a la izquierda latinoamericana, Fidel Castro, murió a los 90 años; el anuncio conmocionó a la isla, generó festejos del exilio en Miami y reabrió la brecha entre críticos y admiradores.
El anuncio suscitó desde consternación, tristeza y nostalgia entre sus simpatizantes hasta festejos en las calles del exilio de Miami, despertando en la opinión internacional las pasiones de otros tiempos, cuando la Guerra Fría dividía los corazones y las preferencias ideológicas se ubicaban a favor o en contra del experimento caribeño.
“Pronto seré ya como los demás. A todos nos llegará nuestro turno”, dijo Fidel a modo de testamento en abril pasado, durante la clausura del VII Congreso del Partido Comunista. Fue 10 años después de haberse alejado del ejercicio del poder, cuando un malestar nunca bien explicado lo dejó postrado y lo obligó a ceder el mando a su hermano Raúl.
Hoy, los cubanos trataban de digerir la noticia y hacerse una idea de cómo será vivir sin la sombra de Fidel, en un país donde la mayoría nació después de la toma de La Habana por una vanguardia de jóvenes que con el paso de las décadas envejecieron sin soltar las riendas del poder.
Se estima que la desaparición de Fidel no representará un cambio en el sistema que rige en Cuba, un régimen de partido único y cerrado al disenso, sobre el cual Raúl adoptó reformas para modernizar la economía e inició un deshielo con Washington, luego de cinco décadas de hostilidades que tuvieron su momento cumbre con la crisis de los misiles a principios de los 60.
Al  comienzo, señalamos que la muerte de Fidel reabrió la brecha entre críticos y admiradores. Las redes sociales fueron un claro ejemplo, donde los usuarios haciendo uso y abuso del anonimato expresaron su opinión sobre el líder desaparecido: falta de respeto, descontrol en el vocabulario y una fobia indomable en la que pudo más la sed de venganza que la justicia misma.
Otros fueron más frontales a través de notas de opinión publicadas en portales de noticias, bajo llamativos títulos que dejaban ver su desacuerdo con la política implementada por el anciano líder revolucionario. 
Luis Posada Carriles, ex agente de la CIA y activista cubano, señaló que “es injusto que Fidel Castro haya muerto en el mejor hospital y tan tarde”. José Benegas -abogado y analista político- dijo que al final se murió y pidió “Entierren al viejo rápido”, en tanto que Eleonora Bruzual, periodista y escritora venezolana, sostuvo: “Murió la hiena, a la que llamaban el caballo”.
 “Mi luto es por las víctimas de Castro, murió un tirano y genocida”. Así tituló su nota Santiago M. Lozano, abogado, empresario y ex vicepresidente de la Unión de Juventudes Democráticas de Hispanoamérica (1987-1991).
El autor de la nota dice que le avergüenzan los que hacen frases de circunstancia frente a la muerte de un tirano y genocida, y agrega: “Me entristece la muerte de miles de cubanos asesinados por Fidel Castro y su tiranía. Me apenan desde hace décadas”. “La muerte de Fidel me hace sentir que se pudra en el panteón de los genocidas, junto a Hitler, Stalin, Lenin, Pol Pot, Mao, etcétera”.
Todos tienen derecho a no expresar congoja alguna ni que haya “obligaciones de ninguna cortesía internacional” para expresar alguna tristeza.
Pero sí se hace necesario algo de respeto ante la muerte. Porque diciendo lo que dijeron terminan siendo igual a quienes critican.