¿Bailar o matar?

Ricardo Correa

Al llegar Jimmy Carter a la presidencia de Estados Unidos en 1976, dentro de sus prioridades en política exterior estaba lograr mayor estabilidad en el Medio Oriente y procurar unos términos de coexistencia pacíficos entre Israel y sus vecinos. Como producto de este esfuerzo surgió el acuerdo de Camp David de 1979, suscrito entre Egipto e Israel con la mediación de Carter. Sin duda, un logro de gran valor para esta región del mundo que no deja de llorar sus muertos y su guerra. Carter recuerda como un evento muy importante de todo el proceso de negociación algo que podría pasar por anecdótico, pero que él calificó como una apertura para una más fluida comunicación con el presidente egipcio Anwar el-Sadat: en un momento cualquiera Carter sacó su billetera, y en ella se observaba una foto de su hija de 10 años de edad, entonces se la mostró a Sadat, quien le comentó que tenía una hija de la misma edad, de la que también portaba una foto que exhibió. Por un buen rato hablaron de sus hijas y sus familias. Para Carter, esta charla generó un vínculo y una empatía supremamente útil para los propósitos de esta negociación, clave en la geopolítica mundial. Unos años después, en 1981, Sadat murió asesinado por miembros de sus propias fuerzas armadas, de las cuales él era general y comandante supremo. Radicales y extremistas nunca le perdonaron hacer la paz con el enemigo. Como tampoco le perdonó la vida otro extremista, esta vez judío ortodoxo, al primer ministro de Israel Isaac Rabin en 1995, cuando lo asesinó por haber firmado un acuerdo de paz con el líder palestino Yasir Arafat. Valga decir que Carter, Sadat, Rabin y Arafat recibieron el premio nobel de paz.

Hace pocos días se hizo público un video que mostraba la fiesta de fin de año que miembros del frente 59 de las Farc, en preagrupamiento y en proceso de concentración y dejación de armas, realizaron en el corregimiento de El Conejo-Guajira. Festejaron el 31 de diciembre como lo hace mucha gente, bailando, comiendo, y tal vez tomándose unos tragos. Con ellos estaban unos funcionarios de la ONU destinados como observadores de la ejecución del acuerdo de paz en lo que se refiere al proceso de desmovilización de los guerrilleros. Que estos funcionarios bailaran con miembros de las Farc desató la ira en los sectores más radicales de la oposición al acuerdo de paz. Lo calificaron como ofensivo y abusivo, poniendo en entredicho la imparcialidad de la ONU en la delicada tarea que le fue asignada. Y esta voz de rechazo visceral sirvió como detonante para que un sector de la población crítico de lo logrado en La Habana, se sumara al rechazo del intrascendente gesto. Porque no me cabe duda de que haber bailado un par de vallenatos para nada iba a afectar la imparcialidad de los profesionales de la ONU en el cumplimiento de sus tareas, por demás, establecidas taxativamente en el acuerdo y normas gubernamentales.

En una respuesta rápida, Gobierno y Naciones Unidas se sumaron al reproche y anunciaron medidas. En un abrir y cerrar de ojos los “infractores” fueron retirados de sus oficios. No es difícil sospechar que Gobierno y ONU reaccionaron de esta manera no porque vieran una grave falta en lo acontecido, sino por el temor a que crezca la oposición y obstaculización a la implementación del acuerdo de paz.

Con el respeto y consideración que merecen las víctimas de la violencia ejercida por la guerrilla y por todos los que la hayan practicado a lo largo de los últimos cincuenta años, la paz se trata de restablecer las relaciones humanas entre quienes han sido enemigos. No se trata de forzar la amistad, pero sí de cambiar la agresión por un trato civilizado.

El baile del 31 de diciembre pasado en El Conejo tiene que ser como una parábola del enorme reto que tenemos como sociedad de tratarnos de manera civilizada, es decir, restableciendo la calidad de conciudadanos y borrando la de enemigos a muerte. Es mejor bailar que matar.

Fecha de publicación: Jueves, Enero 12, 2017Tema: Opinión