Galicia comienza a ganar la batalla al fuego ayudada por una lluvia providencial

Jamás la lluvia había sido tan bienvenida en Galicia. Los primeros aguaceros de la madrugada del lunes comenzaron a poner coto a los más de 200 incendios que han asolado y todavía asuelan el sur de la comunidad autónoma desde la noche del sábado. Una oleada de fuego -de la que solo se ha librado, y no totalmente, Coruña- que ya se ha convertido en la mayor tragedia medioambiental de Galicia y que se ha cobrado hasta el momento la vida de cuatro personas, amén de arrasar miles de hectáreas no solo en esta región, sino también en Asturias, León y el norte de Portugal. Los cálculos más optimistas apuntan ya a más de 4.000 hectáreas devastadas.


La llegada de los ansiados chubascos ayer lunes, primero a Pontevedra y posteriormente en Orense y Lugo consiguió que los 105 incendios que todavía seguían activos a primera hora del lunes se fueran reduciendo a 60 a lo largo del día, a pesar de que las nubes bajas y la tremenda humareda blanca provocada por la propia lluvia sobre los rescoldos impidieron que los medios aéreos pudieran actuar en buena parte de las zonas afectadas para combatir el "terrorismo incendiario", tal y como lo denominó el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo.


Al caer la noche todavía el reflejo de las llamas en el cielo nuboso se podía ver en muchos puntos, sobre todo de las zonas más interiores de Galicia. De hecho, todavía nueve incendios seguían estando catalogados de categoría 2, o sea que amenazaban gravemente a núcleos de población, sobre todo en Orense, donde las precipitaciones llegaron ya avanzada la jornada. Se trataba de los municipios orensanos de Boborás, A Gudiña, Parada de Sil, San Cristovo de Cesa, Baños de Molgas, Paderne de Allariz y Lobios y de las parroquias lucenses de Donís y Noceda. Allí los vecinos se preparaban para una segunda noche de pesadilla, aunque como toda Galicia con los ojos puestos en el cielo en busca de la ansiada lluvia que ya había ayuda a controlar el fuego en la parte más suroccidental de la región.

 

Pero antes, lo peor se lo llevó, sin duda, Pontevedra, su capital, Vigo, y otras poblaciones no muy lejanas de la ciudad como As Neves (cuyo término ha sido prácticamente arrasado) Salvaterra do Miño, Baiona, Gondomar o Pazos de Borbén. Decenas de incendios que no pudieron ser controlados o sofocados hasta bien avanzado el día y después de que miles de vecinos fueran desalojados o permanecieran toda la noche del domingo al lunes intentando sofocar llamas con mangueras o haciendo cadenas humanas con cubos para evitar que el fuego se acercara a sus casas. Los esfuerzos de los ciudadanos y de los más de 5.000 profesionales movilizados (entre de brigadistas, bomberos, voluntarios y cerca de 600 soldados de la Unidad Militar de Emergencias) tuvieron pocos resultados hasta que la meteorología cambió de manera radical, una vez que los efectos del huracán Ophelia se fueron diluyendo, cesó el aire, cayó casi diez grados la temperatura y, sobre todo, la humedad escaló exponencialmente y comenzó a llover.


"EFECTOS DEVASTADORES"

Para cuando llegaron los chubascos la situación era dantesca y los daños medioambientales y económicos incalculables. Según explicaron fuentes de la Xunta la mayoría de los incendios, por si solos, ha tenido unos "efectos devastadores". A título de ejemplo, solo los seis primeros incendios que se han dado por extinguidos definitivamente, han calcinado 600 hectáreas en Boiro, Val Do Dubra, A Pastoriza, O Incio y Pardeal. Solo el foco de Val do Dubra devoró en horas 367 hectáreas, el equivalente a otros tantos campos de fútbol. Ninguno de los otros 200 incendios declarados en Galicia baja de las 20 hectáreas, según fuentes del Gobierno autonómico.


Las lluvias también llegaron tarde para las cuatro víctimas mortales. Dos ancianas de 88 y 80 años de edad) murieron calcinadas en el interior de una furgoneta en la parroquia de Chandebrito, en Nigrán (Pontevedra). Una tercera víctima perdió la vida en Carballeda de Avia (en la provincia de Orrense) y una cuarta, un hombre de 70 años que participaba en las tareas de extinción, murió en Vigo tras caer de un muro y ser devorado por las llamas. El balance de heridos, todavía muy provisional, apunta a ocho personas con quemaduras, tres de ellos ingresados, y decenas de atendidos por inhalación de humos.


La investigación de esta tragedia todavía por cuantificar apenas ha comenzado. Tanto desde la Junta como desde el Gobierno central, como desde las jefaturas de las fuerzas de seguridad del Estado, se apunta sin ningún género de duda a que detrás de esta cadena de incendios de virulencia desconocida está, no solo la mano del hombre, sino una acción coordinada de gran envergadura, cuyos objetivos todavía se desconocen.