Los Knicks, bajo el encanto del unicornio Porzingis

Los Knicks llevan más de 40 años sin festejar un anillo. La historia, el peso de la ciudad más famosa del mundo y de una camiseta histórica le han hecho más mal que bien a una de las franquicias más ’top’ del mundo. Llevan años, demasiados, sin aspirar a nada en la NBA. Tampoco debían hacerlo este año, en el que Carmelo Anthony se llevó su clase -también su falta de resultados colectivos- a Oklahoma para fundar un ‘big three’ junto a Westbrook y Paul George. Así que los Knicks, un equipo perdedor, parecían condenados a vagar por las últimas plazas de la conferencia Este. Otro año sin playoff, otro año sin más ilusión que ver crecer a su inocornio, el letón Kristaps Porzingis.

Pero Porzingis, el mismo chaval rubio de 2,20 al que abuchearon en la ceremonia del draft en 2015 cuando fue escogido por New York, lo ha cambiado todo. Esos abucheos, las crueles comparaciones con Shawn Bradley -otro chico blanco altísimo y blando, pensaron- y el desdén han cambiado por una veneración absoluta que ha convertido a ‘KP’ en el neoyorquino más famoso del momento. Porque Porzingis, en su tercera temporada en la liga, está salvando a los Knicks, que son ahora una fiesta: 6 victorias en los siete últimos partidos y un balance positivo (6-4) desde que comenzó la NBA 2017/18, con algunas remontadas milagrosas y un denominador común: el unicornio siempre es decisivo.

Kristaps Porzingis lleva 30 puntos de media, y es ahora el segundo máximo anotador de la NBA por detrás de otro jugadorazo que aúna presente y futuro y también tiene pasaporte europeo, el griego Giannis Antetokounmpo. El letón acaba de batir su récord personal de anotación en la liga, 40 puntos, y figura también en el top 10 de máximos taponadores con 2,2 bloqueos por partido. Pero más allá de sus números, la sensación es que es el absoluto protagonista, el hombre que se juega los tiros calientes y los mete. Es el líder, y no ha tardado en asumir positivamente ese rol, ocupando el vacío de un ‘Melo’ Anthony al que han olvidado muy pronto en Nueva York.

“No puedes defenderlo”, lamentaba el entrenador de Charlotte, Steve Clifford, después de ver como los Knicks remontaban un partido que tenían perdido la pasada madrugada, con un parcial de 35-19 en el último cuarto dirigido por Porzingis. Acabó el partido con 28 puntos, incluso por debajo de lo que está acostumbrando a los fieles del Madison Square Garden. KP ha anotado más de 30 puntos en siete de los diez partidos de la temporada, y en tres de ellos ha estado por encima de 37. Lanza mejor que nunca, 38 por ciento en tiros de 3 y 50 por ciento en tiros de 2, y eso que las defensas rivales se cierran en torno a su larga figura como no lo hacían el año pasado (18 puntos de media), porque entonces el principal argumento ofensivo de los Knicks era Anthony.

Su rango de tiro es infinito. Triples de nueve metros, tiros en suspensión en el poste medio y bajo tras media vuelta, penetraciones... Porzingis lanza desde una atalaya de 2,20 metros que es muy difícil de defender. Y las mete. Los cánticos de ‘MVP’ se suceden cada noche en el Madison, aunque el letón sorprendió al afirmar que su objetivo real era ser All Star -a este nivel, imposible que no lo sea ya este año-, jugador más mejorado del año y mejor defensor de la NBA. Así de completo quiere ser, así de único.

“Es un placer verle jugar”, decía rendido el martes una de las mayores glorias de los Knicks, Bernard King, un alero anotador que deslumbró en los ochenta. Porzingis demuestra cada día por qué le llaman el unicornio: un caso único, un chico altísimo, sobrado de clase, nacido para marcar diferencias. ¿Dónde se ha visto a alguien de su tamaño jugando, driblando y tirando como lo hace él? Un chico que, no lo olvidemos, se hizo jugador en la ACB, en Sevilla, creciendo al lado de Aíto García Reneses con intensas sesiones de técnica al lado del hoy entrenador de la Penya, Diego Ocampo. Los dos deben estar hoy más que orgullosos de ese trabajo.