Herejía

Me dispongo, con todo desparpajo, a esgrimir la defensa de Javier Duarte. Así, alto y silabeado. Tal cual. De Javier y de César Duarte, de Roberto Borge, de Guillermo Padrés y de los que vayan apareciendo por el camino.

No estoy haciendo broma ni ironía alguna, que quede claro. Estoy hablando y escribiendo con toda seriedad. Veamos: no estoy convencido, ni mucho menos, de la inocencia de los cargos que se imputan a los susodichos gobernadores y exgobernadores. Pero de la misma manera, y aun con más énfasis, tampoco estoy convencido de su culpabilidad.

De lo que sí estoy absolutamente cierto, y pongo por ello la mano al fuego, es de que los cuatro son víctimas de un linchamiento mediático y social. Lo mediático arrastra lo social, y viceversa. La gente, la gleba, repite lo que la prensa dice, y la prensa dice lo que a la gleba le gusta escuchar. Cuestión de mercadotecnia. Y a la gleba, no nos hagamos pendejos, le encanta, le fascina, linchar.

Debo dejar asentado, del todo y sin ambages, que yo nunca participaré de un linchamiento. Y si acaso lo hiciere, será siempre en la condición de linchado, nunca de linchador. Esta última figura, la de linchador, me repugna, la considero el escalón más bajo y deleznable de la condición humana.

Ya me he encontrado un par de veces en la vida en la condición de víctima de una lapidación. Una simbólica y la otra real. Y sé lo que se siente. Mucho tiempo después entendí además lo que significa.

Reconozco sí, que de niño, muy niño, participé yo mismo en pequeños linchamientos escolares. Lo que hoy, en nuestro frenético e imbécil proceso de agringamiento llamamos bullying. En primero de primaria, en el Colegio Madrid, era una tierna costumbre infantil darle pamba al pobre Cagiga, que corría desesperado e inútilmente, para ponerse a salvo, y lloraba desconsolado después de la paliza y la humillación.

Nunca supe por qué le pegábamos a Cagiga, por qué le pegaba yo. Pero le pegábamos, le pegué. Bastaba que en el recreo alguien gritara “¡Miren lo que está haciendo Cagiga!” para que todos a una acudiéramos a partirle la madre, sin que tuviéramos la más remota idea, por supuesto, de qué es lo que estaba haciendo. Averiguarlo nos hubiera quitado tiempo y retrasado el goce. Años después supe que Cagiga, ya joven, se había suicidado.

A aquellos que hoy claman en contra de los Duarte & Cía. y exigen su cabeza, tampoco les consta nada de todo lo que con tanto fervor proclaman. Simplemente repiten como loros grises africanos lo que leyeron en algún libelo amarillista. O lo que es peor, ni siquiera leyeron sino que escucharon al que lo leyó. Peor aún, nadie leyó absolutamente nada, o en el mejor de los casos “lo vio en internet”, mientras algunos sólo escucharon “algo”. Y ello les basta a todos. Así funciona la cosa.

Entendámonos. Yo sí creo que los gobernadores, y en general los gobernantes de nuestro país, son unos rateros y unos transas impresentables. Alguno incluso ha de ser un matón. Más que probable. Lo creo, y tengo elementos para creerlo. Pero solamente lo creo. No soy juez ni Ministerio Público, ni ando arrancando los pelos de las burras pardas.

Mas a ver. No lo dije pero lo dejé dicho: Creo que lo son todos. Todos. Y no sólo en México, precisemos. Unos más que otros, sin duda, pero a saber.

No hay quien no tenga cola. Aunque unas sean más fáciles de pisar que otras, lo que no quiere decir que sean más largas o más chonchas, ni mucho menos. Es cosa sabida en etología animal que los animales de presa son en general los que saben esconder mejor sus rabos. Cosa de sobrevivencia.

Pocos indeseables necesitan certificar haber ejercido gestiones administrativas totalmente intachables teniendo alibíes, logrando así obtener dispensas indeciblemente ominosas. Nunca objetables, pero en registros ocultos del escabroso búnker existen rastros irrevocablemente acusadores.         

Yo no sé si éste robó más que aquél ni si aquél mintió más que ése otro. Ni tengo cómo saberlo. No tengo ni la más mínima certeza de que los Duarte, Borge o Padrés sean los más nefastos gobernadores de México. No me atrevo en absoluto a asegurarlo. Creo sí que contra ellos se ha armado una campaña de desprestigio, de defenestración. De linchamiento.

De parte de quiénes y con qué motivo es otro asunto del que le hablaré cuando la burra de hace rato se me ponga al tiro. De momento lo dejo ahí. Eso es todo. Reconozca que no es poca cosa. Alguien debe decirlo. Es indispensable.

¿Ha leído usted por casualidad, o no por casualidad, culto lector, El abogado del diablo de Morris West Si no, búsquelo, encuéntrelo y sumérjase en él. Si sí, repáselo. No hay mejor momento.

Y no le tenga miedo a la herejía, amigo mío, hoy por hoy es la única manera de sobrevolar la inmundicia que nos asedia.

Columnista: Marcelino PerelloImágen Portada: Imágen Principal: Video: Send to NewsML Feed: 0