Es revelador que en las condiciones actuales nadie parezca estar tranquilo con las demandas de la evolución acelerada que se hacen sentir por doquier

De pronto –al menos “de pronto” dentro de la rutina analítica que ha venido prevaleciendo en la contemporaneidad– vino la disgregación de aquella dizque lógica, y se inició entonces esta era de imprevisibilidades encadenadas, que nos tiene a todos en vilo, desde los más grandes y poderosos hasta los más pequeños y desvalidos.

Lo que más llama la atención en las condiciones presentes es que lo que cunde no es la expectación sino la ansiedad. Y si eso les está pasando a los que vienen de estar en la cumbre de la autoestima pudiente, es entendible que la incertidumbre haya hecho presa fácil del conjunto de los países más vulnerables. Ante esa realidad, lo que surge sin tardanza es una pregunta que busca ser reveladora: Globalmente hablando, ¿estamos ante una crisis de terminación o ante una crisis de despunte Quizás lo más realista sería buscar una respuesta que abarcara ambos polos, y no por mera rutina de lo que casi siempre ocurre en el tiempo sino con el propósito de desentrañar los movimientos actualizados de la realidad.

La palabra determinante es “crisis”, puesta en el contexto de los desafíos que van envueltos en todo lo que está pasando. Y aunque dicho término no siempre se use para identificar el estado de cosas vigente, el sentimiento que embarga recurrentemente al fenómeno en curso es la angustia que tiene diversas formas de expresión pero que se propaga como un virus fuera de control. Lo más peligroso de todo ello es que la angustia casi siempre va acompañada por la cólera, y lo que surge de ahí es la erupción de la violencia, como lo estamos viendo y sufriendo en distintas zonas del mundo, entre ellas ésta en la que nosotros los salvadoreños nos hallamos ubicados, y que por diversas razones está entre las más candentes del momento.

Una de las principales características de los tiempos que corren es justamente la aceleración de los mismos. Y eso hace que haya una gran fuerza presionante para cambiar de ritmo en todo lo que se refiere a las dinámicas fundamentales de la evolución. Antes, como decíamos, dichas dinámicas parecían estar controladas por los poderes imperantes, que asumían así una condición casi sobrehumana. Hoy, lo que los hechos exigen es que cada quien asuma su propia responsabilidad en lo que a su desenvolvimiento se refiere, y así vamos viendo grandes contradicciones tanto en el campo de los más fuertes como en el campo de los más débiles. Lo que pasa en estos días en Estados Unidos es una prueba patente y lacerante de ello.

Como no es factible reactivar el tipo de controles que hubo en épocas anteriores, no hay cómo evadir la necesidad de establecer un nuevo esquema de relaciones tanto internas en cada país como internacionales en el plano global; y aunque en dichas relaciones tendrá que estar presente siempre el factor poder, porque eso corresponde a la naturaleza de las organizaciones humanas, ya no podría ser éste el gurú del montaje. En ese esquema de nuevas relaciones habrá que incorporar necesariamente la práctica de valores, ya que ha sido precisamente la ausencia de dicha práctica el motivo principal de que el esquema anterior haya entrado en irrecuperable obsolescencia, como se constata de tantas maneras.

Vistas las cosas en su debida perspectiva, es imperioso apostarle a un mundo más normal y convivible de resultas de este tránsito de épocas. Un tránsito de esta índole no podía ser fácil ni indoloro, pero superar aquella irrealidad disfrazada de normalidad es mucho más riesgoso y a la vez más prometedor. Estamos en camino, y lo que se impone en el camino es caminar, y hacerlo hacia el horizonte abierto que tenemos enfrente.