Para que el país pueda entrar en una nueva ruta hacia la normalidad y el desarrollo es preciso pacificar actitudes y concertar voluntades

En el día a día de la vida nacional se presentan evidencias constantes de que los salvadoreños estamos enredados y enzarzados en una serie de situaciones que se han venido volviendo crecientemente complicadas e inmanejables. Esto es más visible en el ámbito de la gestión política, pero también se presenta en otros campos. Por ejemplo, estamos viendo ahora mismo cómo el accionar del crimen y las respuestas institucionales respectivas van dando tumbos en el camino, como lo muestran los hechos que de pronto se hacen presentes. Lo sucedido el pasado miércoles en el centro capitalino es una muestra clara de ello, e indica una vez más que las fuerzas criminales están en pugna permanente y que las reacciones de la autoridad, aunque se vienen volviendo más efectivas, distan aún de estar a la altura de lo que las circunstancias demandan.

En lo que toca al manejo político concreto, lo que se hace patente con insistencia es la falta de criterios orientadores hacia lo que debe ser el tratamiento de las diferencias naturales dentro del ejercicio democrático. El ejemplo más claro de tal ausencia se presenta en la forma tan desafortunada en que se dan las relaciones entre los distintos actores políticos y gubernamentales cuando se trata de intentar acercamientos para encarar problemas que no pueden ser resueltos en solitario, porque eso está fuera de lógica dentro de la dinámica actual. Para el caso, el hecho de utilizar compulsivamente tanto la descalificación como la ofensa para hacerse sentir ante el adversario es a todas luces un método irracional, que sólo va acumulando frustraciones, aunque muchos sigan creyendo tozudamente que por ahí se pueden ganar réditos de imagen.

El panorama nacional presenta desafíos que ya se volvieron desgracias crónicas por falta de la debida y oportuna atención; y por consecuencia, los estragos que se hacen sentir están llegando a límites insoportables desde cualquier ángulo que se les vea. Para encaminarse hacia los entendimientos básicos que son indispensables en la búsqueda de soluciones verdaderas a todo lo que está pendiente, se torna imperioso, y cada vez con mayor urgencia, que haya actitudes dispuestas y voluntades en línea. De lo que estamos hablando no es, por supuesto, de sumisiones impositivas ni de uniformidades artificiales, sino de madurez y de sensatez suficientes para hacer lo que hay que hacer a fin de ya no seguir equivocando el rumbo.

De ninguna manera son justificables los defectos señalados, sobre todo cuando las realidades del momento exigen, sin alternativa, que todos los connacionales, y muy en especial aquéllos que tienen responsabilidades definidas en los distintos campos de la conducción nacional, actúen al servicio del país y de toda su gente, sin excusas ni pretextos. No podemos continuar perdiendo más tiempo irrecuperable en disputas estériles y en atrincheramientos absurdos. Los problemas están aquí, pidiendo a gritos ser tratados y resueltos, y cualquier desatención frente a los mismos provoca de inmediato señalamiento de culpa histórica para los que se sigan resistiendo a responder con la integridad debida.

A diario la misma dinámica de los sucesos nos pone enfrente de todo aquello que nos agobia y que nos lacera. La sociedad, en sus diversas expresiones, manifiesta su creciente inconformidad al respecto. Es hora de atender todos los llamados que surgen de las entrañas de la sociedad, que ya no aguanta más inseguridad y más deterioro. Ese es el principal reclamo del presente.