Rescatista de Punta Colorada en aprietos

Sentado debajo del cuerpo disecado de un albatros que tiene las alas desplegadas como si siguiera volando, Richard Tesore cuenta la vez en que se montó en la cabeza de un elefante marino de cuatro metros de largo y tres toneladas de peso. El animal había dejado el Río de la Plata, se metió por el arroyo Cufré y nadó por una cañada hasta llegar al casco de una estancia de Juan Lacaze, donde se echó a descansar.

Los vecinos lo llamaron pidiéndole auxilio y se tomó un ómnibus, entusiasmado por ver una escena tan atípica. Allí lo esperaban militares con un camión, una grúa y una red en la que había que meter al animal y luego, durante 24 horas, sedarlo con inyecciones de medio litro de tranquilizantes.

Viajó 12 kilómetros encima del elefante, hasta devolverlo al agua y verlo alejarse. —Eran épocas locas, estaba desquiciado -dice sonriendo, con un orgullo que se le escapa.

Richard Tesore también lidió con focas leopardo, una especie que mide tres metros, pesa 250 kilos y es de las más agresivas del mundo marino. Alimentó a tiburones en el Caribe. Y tiene una cicatriz en el labio inferior de una cirugía que debieron hacerle cuando un cachorro de lobo lo atacó durante un rescate, luego del derrame del buque San Jorge en 1997.

Ese mismo hombre tiene 55 años pero se siente de 80. Observa las fotos que decoran las paredes de la ONG que fundó y no se reconoce. Hace menos de seis meses recibió un trasplante de hígado y parte del tratamiento le exige no tomar sol, permanecer en un lugar higiénico y no tocar animales para evitar cualquier tipo de infección que podría matarlo. Pero continúa viviendo en una casa precaria en la playa de Punta Colorada, con unas 15 piscinas que funcionan como "encierros", donde en este momento se recuperan dos gaviotas, una tortuga y dos pingüinos.

En 25 años nunca cerró la reserva. Ni siquiera ahora, que está en estado crítico.

Manos amigas.

A dos metros de SOS Rescate de Fauna Marina, un grupo de vecinos está inaugurando un parador que estuvo casi una década sin funcionar. Los ingresos irán a parar al refugio de Tesore. Esta fue una propuesta de la Intendencia de Maldonado para ayudarlo a salir de "la crisis", que es como llama él a este mal año.

En el porche de madera un par de turistas come los primeros helados vendidos y observa la playa con ocho botes a vela, tres yates y un centenar de bañistas que disfrutan de un perfecto día de sol de espaldas a la casa de este pionero.

Antes de que las tormentas y turbonadas de noviembre destrozaran por segunda vez la reserva —el temporal de 2005 dio el primer golpe, la destruyó y fue reconstruida—, sobrevivía cobrando una entrada de $ 100 a los curiosos que quisieran arrimarse a ver los animales y recorrer el museo que muy lentamente está armando. El albatros disecado —un regalo del Museo de Ciencias Naturales— es la vedette del lugar.

De las catástrofes lo han socorrido colaboraciones de empresas montadas por adultos que lo visitaron con la escuela cuando eran niños. Son ellos los que acaban de reunir US$ 25.000 necesarios para comenzar esta segunda e inevitable restauración.

El nieto de Richard se llama Diego y lo mira con desconfianza. No lo deja acercarse a los animales que tanto extraña tocar. Su abuelo tiene una foto en el celular que lo muestra a los dos años nadando con un delfín bebé, uno de los huéspedes habituales de esta posada.

—Acabo de terminar el liceo y tenía otros planes para mi vida, pero dejar este lugar nunca es una opción -asegura.

Aún no se sabe qué fue lo que le dañó el hígado, pero hay dos teorías: pudo haber sido el petróleo que manipuló sin usar guantes o un parásito que habría adquirido trabajando en acuarios del Caribe para solventar su clínica improvisada.

Es que el rescate entró a su vida con la fuerza de una pasión, sin marcha atrás, y en eso gastó sus ahorros.

—Es difícil de creer pero cuando uno tiene una pasión no es consciente -suelta suspirando.

Le han cortado la luz y el agua. Perdió algunas propiedades y le embargaron otras. Pero cuanto más grandes eran las tandas que llegaban de gaviotas deshidratadas, lobos marinos con problemas respiratorios y tortugas con contusión intestinal por plásticos y anzuelos, más trabajos aceptaba Richard.

Así fue que llegó a darle de comer a tiburones en República Dominicana, una tarea que prefiere olvidar.

El futuro, tal vez.

En tiempos mejores el refugio tenía vehículos para trasladarse; últimamente solo recibe animales que acercan la Dinara, la intendencia o particulares, que suelen ser turistas.

Algunos le toman cariño al animal, lo adoptan de mascota y hasta lo esconden en habitaciones de hoteles de lujo.

—No aguantan más de 10 días, porque el pingüino tiene un olor a amoníaco insoportable -agrega Tesore con humor.

Entre los aliados de este proyecto hay grupos de voluntarios. En 2008 llegaron a ser 70 cuando el choque de dos barcos trajo a 300 pingüinos a la costa, casi todos pichones, a los que se les dio la mamadera cada tres horas con una leche multivitamínica que se importa de Estados Unidos. Cada bolsa sale US$ 50 y apenas alcanza para 15 días.

Los Tesore estiman que el presupuesto mensual de funcionamiento es de US$ 3.500. A pesar de los reconocimientos, hasta el momento no han recibido apoyo gubernamental, situación que podría cambiar esta semana, cuando se reúnan con Enrique Antía.

Los pacientes de Richard tienen nombre, ficha médica y los observa hasta comprender su carácter. Muchos vuelven tras algunos meses o años, cansados, en busca de comida fácil y cariño. Pero cada tormenta que azota la playa puede costarte la vida. Por eso espera la llegada de un contenedor que podría servirle de vivienda. Al menos hasta que logre reconstruir las instalaciones y encuentre en manos de quién dejar todos estos años de conocimiento, que no deberían perderse como una botella en el mar.

“Llegué a la conclusión de que es mejor no tocar a los animales”

La primera mascota que tuvo Richard Tesore a los 2 años fue un pingüino. Sus padres lo encontraron en la Escollera Sarandí y cada mañana pescaban para alimentarlo. El tiempo lo llevó a hacer su vida en Buenos Aires, donde manejó taxis, una rotisería y gimnasios. Divorciado y a cargo de un hijo, se mudó a Punta Colorada, donde había vivido en su juventud. El cuidado de fauna marina fue una actividad que ideó para no perder el diálogo con su hijo durante la adolescencia.

Sus primeros pacientes fueron 50 pingüinos que dejó de atender la Reserva Pan de Azúcar (puesto que no tenía las condiciones necesarias). Los lavó y esperó dos meses hasta que se reconstruyeron sus plumas, que luego de quedar empetroladas pierden impermeabilidad, lo que hace que se alejen del mar por el frío.

Los liberó, pero a las pocas horas volvieron a su casa y con el pico golpearon la puerta del galpón para pedirle comida.

-¿Qué sintió cuando abrió la puerta y los encontró de regreso?

-Quedé desconcertado

-¿Se emocionó?

-Por supuesto, pero era una responsabilidad enorme, pensé: ¿Y qué hago ahora?

Tesore lleva 25 años atendiendo animales marinos heridos y asegura que muchas veces llegan a las playas para descansar, “por eso creo que lo mejor es no tocarlos hasta estar seguros de que necesitan nuestra ayuda”.