Francis Rueda: “Mi paso por el teatro estuvo lleno de espinas”

Carmela Longo. La primera vez que  Francis Rueda pisó un teatro fue el Nacional. La llevó un amigo actor cuando apenas era una adolescente.

Ahí comenzó su interés por un arte que se ha convertido en el motor de su vida por más de cinco décadas. Labor que fue reconocida recientemente con un reconocimiento especial de la Escuela Nacional de Artes Escénicas César Rengifo y con su inclusión como parte del elenco permanente de la Compañía Nacional de Teatro.

Ese es uno de los tantos reconocimientos que ha recibido por su trayectoria actoral, entre los que se cuentan el Premio Municipal de Teatro, en 2005, o más recientemente el de la Asociación Nacional de Autores Cinematográficos por su participación en el filme El Caracazo, de Román Chalbaud.

Si bien las tablas han acaparado su atención y trabajo (dijo que cuando llegó a 100 obras dejó de contar). Rueda también ha hecho carrera en cine y televisión, un medio que, si bien al principio le pareció muy distinto a lo que estaba acostumbrada, aprendió a respetar.

Una de las personas que no solo consolidó ese amor por el teatro, sino que la mantuvo aprendiendo del oficio casi hasta el día de su muerte, fue el dramaturgo Gilberto Pinto con quien se casó.

“Me siento muy complacida porque estuve casada por muchos años con un pedagogo como lo fue él.  Asistí no sólo a sus montajes, sino a clases, conversatorios y foros que se hicieron, por mucho tiempo, al final de las obras. Creo que ese fue uno de sus grandes aportes que deberíamos rescatar”, comentó.

–No obstante, hay gente que únicamente le ve el lado comercial a las cosas. ¿Cómo ha hecho para no sucumbir a eso?

Mi primer sueldo fue de 50 bolívares. Recuerdo que estaba muy feliz de recibirlo y que no sabía qué hacer con él. Fui, me compré unos zapatos, una pinturita de uñas y lo que sobró, que era bastante, se lo di a mi mamá. A partir de ahí entendí que el afán de lucro te destruye todo lo lindo que puedes tener.

–¿Cómo ve a las nuevas generaciones que muchas veces lo que buscan es fama y, tal vez, dinero, sin pensar en trascender?

Afortunadamente no es la mayoría, porque cuando sales de una escuela de teatro con ganas de trabajar y de insertarte en un grupo debes estar claro en los sacrificios que implica. Hay una nueva generación que me gusta, como la que trabaja en La Caja de Fósforos que busca algo más allá. Muchos de los nuevos dramaturgos no piensan en el lucro, sino en hacer unos trabajos extraordinarios con amor y pasión. Yo siempre me les pongo a la orden. Hay que apoyarlos cuando ves que se toman esta profesión con ímpetu y responsabilidad.

–¿Cómo se veía cuando decidió que esta sería su vida?

Yo era una muchacha que tenía que luchar contra ciertos prejuicios. El teatro es muy duro, porque es un camino que está lleno de espinas. Mi paso  estuvo lleno más de espinas que de rosas, pero uno va podándolo. Me encontré con ángeles que me ayudaron, como Carlos Giménez que fue, más que todo, amigo, Horacio Peterson, Fernando Gómez y mi esposo, quien me enseñó que el teatro es un templo.

De todos, ¿cuál ha sido el premio que más atesora?

La aceptación del público es lo más maravilloso y halagador en esta carrera, sobre todo en el interior del país. Muchas veces te meten una zancadilla, pero uno lo va esquivando, porque si me pongo a pensar en eso, no lo supero.

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