Crisis humanitaria en Venezuela y diálogo en República Dominicana, por Manuel Malaver

Manuel Malaver @MMalaverM

Que 19 años de gobiernos socialistas criminales y destructores no hayan sido suficientes para que partidos de la clase política opositora entiendan que el camino de la solución de la catástrofe nacional no puede estar en confiar en la buena fe de sus autores, es sin duda una interrogante que no abandona la vigilia ni el sueño de quienes pretendemos, desde la comunicación o la politología, prender alguna luz sobre las tinieblas que hoy abruman al país.

Porque es que, no se trata de cualquier error, de uno que puede ser corregido en meses más, meses menos, para que, en cuestión de horas o días, se retome el camino y el pueblo venezolano vuelva a sentir que se encuentra a pasos de derrotar a sus enemigos.

No señores Julio Borges, Luis Florido, Henry Ramos y Manuel Rosales, -los dirigentes de la MUD cuyos partidos participan este fin de semana en una negociación con el gobierno de Maduro en la República Dominicana-si el lunes ustedes regresan a Caracas sin ningún acuerdo, o con un “acuerdo a medias” (como advertía recientemente el rector de la UCAB, el Padre José Virtuoso), entonces habrán llevado al país a la ruta para que Maduro, de aplazamiento en aplazamiento y con los trampas y estratagemas que ya le conocemos, resulte reelecto en otro fraude en las presidenciales de diciembre y con ustedes, sus partidos y candidatos avalando la que sería una derrota de la cual le costaría al pueblo reponerse.

¿Cuántos años, o decenas de años más de madurato No sé, pero en todo caso, espero que no pasen de uno, dos o tres, por más que tan exiguo período de tiempo nos devolvería una Venezuela desaparecida, o en trance de desaparecer.
Por eso, no me cabe sino esperar que a su regreso de República Dominicana con las manos vacías, los partidos democráticos en los cuales militan, procedan a separar a Borges, Florido, Ramos y Rosales de sus cargos y a sustituirlos por líderes más lúcidos y responsables que sean los que encabecen las luchas que ya se vienen encima para derrotar la dictadura.

Lo acaba de anunciar Luís Andrés Mejía, Coordinador Nacional de “Voluntad Popular”, quien sostuvo recientemente que, después de otro fracaso en República Dominicana, no quedaba sino regresar a la calle a unirse al pueblo, a la gente de los barrios y los cerros, que es la que reclama en esta hora con más ardor por el defenestramiento de la dictadura.

Aún hay tiempo y ahora tenemos de nuestra parte a los millones de pobres, a los hombres y mujeres de los barrios y los cerros que salieron y bajaron a pelear por el derecho humano elemental de comer, y curar sus enfermedades, que les niega una satrapía criminal y asesina, que ha dilapidado la riquezas nacionales en aventuras ideológicas, en una corrupción que no ha dejado piedra sobre piedra y en su empeño de entregarle a Venezuela a extranjeros con tal que le proporcionen armas y recursos para mantenerse en el poder.

Sin contar que se trata de los últimos marxistas, de los últimos socialistas, que, al igual que sus congéneres de otros tiempos y países, agitan las banderas de la lucha contra la pobreza, las injusticias y la desigualdad para erigir feroces dictaduras, estatólatras y concentracionarias y encabezadas por caudillos que, al ser elevados al nivel de dioses, comenten violaciones de los derechos humanos a una escala que no se había conocido antes en la historia.

Lenin, Stalin, Hitler, Mao, Pol Pot, la dinastía Sung, Raúl y Fidel Castro vienen a la memoria y en el experimento venezolano que se llamó “Socialismo del Siglo XXI”, Chávez y Maduro saltan sobre el teclado, auténticos hijuelos de sus predecesores, pero con una saña y un satanismo especialmente cruel e inútil.

Porque era que ya se conocía la inviabilidad e irracionalidad del socialismo, por lo que, insistir en implementarlo en un país medianamente exitoso y que no necesitaba ensayos extremos para corregir sus distorsiones, fue tanto una estupidez, como un crimen.

Desatino cuya enormidad creó el socialismo mediático, literalmente televisivo, cuya épica, héroes y leyendas fue un interminable monólogo de Chávez antes y Maduro ahora, en un eterno reality show que habla sucesos que jamás sucedieron, cifras que solo existieron en su imaginación y éxitos que solo se debieron a la capacidad de la riqueza venezolana para simular, aparentar y corromper.

Hoy PDVSA, la industria petrolera que durante casi 80 años garantizó la inserción de Venezuela en el siglo XXI casi no existe, porque la destruyó el socialismo, así como destruyó la agricultura, la ganadería, la metalúrgica, la minería, el turismo y cualquiera otra referencia que tuviera que ver con la productividad, la competencia y la creación de bienestar.

“Expropiaciones y estatizaciones” se llama la receta, así como la simulación de la ineficiencia y la improductividad con importaciones con cargo a la factura petrolera que, al disminuir sus ingresos, nos condujo al hambre y la miseria, porque, horror de horrores, el trabajo no es rentable.

“Nosotros simulamos trabajar, y ello simulan que nos pagan” fue un letrero que apareció en las calle de Moscú pocos años antes de la caída del Muro de Berlín, y creo que grafica como ningún otro principio de economía, la situación que hoy viven los venezolanos.

Es la consecuencia de la hiperinflación, mecanismo de política económica que consiste en volatizar los precios para que no haya dinero con que comprar los productos de la cesta básica, y así los ciudadanos, sobre todo los más pobres, pasen a subsistir de mendrugos que le suministra el estado para que, al par de hambrientos, se sientan esclavos.

En Cuba se llama “Libreta de Racionamiento” y en Venezuela Clap, pero es el mismo experimento de sometimiento por el estómago, por la comida, que realiza la frase o principio con el cual Troski caracterizó la Rusia de Stalin: “Marx postuló que en el socialismo el que no trabaja no come, pero en el socialismo de Stalin, el que no obedece no come”.

Sea lo que fuere, en Venezuela los hambrientos se han levantado, se han alzado y por más que Maduro haya querido aprovechar su rebeldía para arrasar con lo que queda de capitalismo y de articulación de una sociedad funcional, es una ola que también lo alcanzará a él y a su modelo, al disfuncional, inviable e improductivo socialismo, que logró la hazaña de llevar a la bancarrota a una economía petrolera que, se pensaba, en todas las universidades del mundo, eran inmunes aún a las perversiones del socialismo.

Y están esperando, no que los “dialogantes” de República Dominicana regresen con la oferta de continuar las negociaciones para llegar a algo, o que solo se logró cambiar las reglas electorales y el CNE solo si se reconoce la ANC y procede convocar al pueblo a un plebiscito o referendo para que se pronuncie porque, sencillamente, señores negociadores el pueblo hambriento, ya no resiste más y aplazar sus urgencias por unas concesiones políticas que Maduro sabrá como burlar, es incitar a la Guerra Civil.

Una conmoción que, es cierto, no le depararía al país otro beneficio que ver ahondadas sus diferencias y divisiones, pero a la cual se entra y se puede salir, con la seguridad de triunfar.

Coexistir con el socialismo, por el contrario, es la derrota por años, por decenas de años y en la perspectiva de que Venezuela, pase a ser despedazada nervio a nervio y hueso a hueso por una pandilla irredenta, mafiosa, narcotraficante y terrorista de comunistas.